por Pipo Fisherman 21-10-25
En Pringles todo cierra… hasta que alguien se olvida y lo abre. Durante seis años, el gobierno municipal contó la misma historia: superávits monumentales, orden administrativo, la prolijidad como dogma.
Durante años, el Gobierno Municipal se ufanó de su supuesta estabilidad financiera: discursos, sesiones, conferencias y notas oficiales repitieron como mantra que aquí todo estaba en orden, que “somos un ejemplo de administración”, que “tenemos superávit” y que “la transparencia es la norma”.
Hace apenas unos meses, cuando el Ejecutivo presentó la rendición de cuentas 2024 al HCD, exhibió, con tono triunfal, un superávit de 2.000 millones de pesos. Una cifra tan redonda que parecía diseñada para funcionar como eslogan más que como dato contable.
Pudimos acceder a una captura de pantalla de hace algunos días, —un mensaje directo, enviado por un funcionario de altísimo rango, o bien el Intendente o bien el Jefe de Gabinete; no hay tercera opción—:.
Como se lee, se instruye a los Secretarios para que a su vez intimen a "sus Directores" a bajar gastos de manera urgente. Se habla de un septiembre deficitario, de la necesidad de “pensar en el aguinaldo de diciembre” como si fuese un lujo escandinavo, y de la obligación de evitar cualquier gasto “inconsulto” porque, textual, “desde ahora voy a mirar los suministros yo”.
El tono del mensaje no es administrativo: es de alarma. Casi de tormenta inminente. En resumen: mientras hacia afuera se declama abundancia, hacia adentro se reparten tijeras.
Y así aparece, una vez más, un clásico de nuestra política local: el divorcio entre el relato y la realidad. Entre el discurso público de la abundancia y la cocina privada del ajuste desesperado.
Lo más conmovedor del mensaje no es la urgencia, sino el lugar desde donde se emite. Porque apenas uno revisa los recibos de sueldo de quienes piden achicar, encuentra cifras que explican por qué hablan de “bajar” y no de “ajustarse”.
El mensaje interno pide —con fuerte convicción moral— que cada área “baje el gasto”, que “solo se compre lo necesario” y que “eviten comprometer suministros que no se podrán autorizar”.Toda una pastoral del sacrificio.
Solo que el sacrificio, como siempre, viene desde abajo.
Porque cuando uno revisa los sueldos de quienes predican la pobreza franciscana… bueno, ahí se entiende todo.
Es movilizante ver cómo los funcionarios mejor pagos encuentran siempre el tono exacto de dramatismo para pedir austeridad a los demás. Es como escuchar a un millonario aconsejar: “La clave es no gastar en pavadas” mientras estaciona un Audi.
Sueldos de varios millones, algunos con adicionales tan creativos que merecerían una muestra en el Museo del Oficio Administrativo. La austeridad nunca es tan elocuente como cuando la exige alguien que cobra lo que un trabajador municipal tardaría muchos meses en juntar.
Y si se busca dónde se esconde el gasto que el mensaje interno quiere “bajar”, basta, como ejemplo, mirar el decreto que multiplicó capataces. Un ejército de supervisores de supervisores que convertirían cualquier obra real en un cónclave gremial con cascos.La política local encontró su sistema inmunológico perfecto: cada área tiene su propio guardia armado de una lapicera, un cargo y un sueldo. Es la manera más cara de no resolver nada.
Porque no se trata de capataces: son militantes remunerados por anticipado, una estructura que se defiende sola creando más estructura. Un multiverso de cargos donde lo único que “baja” es la eficiencia.
Pero la muestra más delicada de ingeniería administrativa llegó con el caso de la concejal que pidió licencia para convertirse en funcionaria. Su sueldo como edil —ese que debería quedar en caja mientras no va al Concejo— sigue corriendo, hasta que en Diciembre se convierta en funcionaria.. Todo mientras un suplente, claro, también cobra. Eficiencia noruega, control argentino.
Y por si faltara coreografía, la designación entra para ocupar una Asesoría Legal que funciona como el pasillo más transitado del Municipio: todo abogado con poca o nula experiencia terminan ahí, no por razones jurídicas, sino porque siempre hay lugar para uno más, un hostel político camuflado de un área administrativa.
Así se arma la doble contabilidad política:
-Para afuera, el superávit épico.
-Para adentro, el mensaje urgente para “bajar gastos” que se fue viralizando en círculos cerrados.
Pero la verdadera pregunta no es qué relato es cierto: es por qué necesitan dos relatos distintos para administrar el mismo Municipio.
Porque la transparencia no es mostrar números, sino explicar por qué no coinciden.
Y la política pringlense ya no puede sostener el equilibrio entre lo que publica en redes y lo que reconoce en privado.
La historia del déficit oculto ya se escribió. Ahora solo falta que alguien se haga cargo de que el problema no es el gasto: es quién gasta, cuánto y para qué.